miércoles, 4 de julio de 2018

Seguro.

Once de la noche. Seguro has llegado a casa después de trabajar todo el día. Seguro estás esperando por escuchar mi voz, tanto como yo la tuya. Seguro tuviste un mal día, pero no vamos a hablar de eso... "No es importante", dirás.

Escucho el sonido del motor de tu auto entrar por la calle con el pavimento gastado. Abro la cortina y veo desde la ventana el resplandor de los faros amarillos que se abren paso entre el asfalto.

Apenas puedo pensar en todo lo que vamos a decirnos. En todo lo que ya nos dijimos ayer. Parece que ha pasado tanto tiempo, y apenas hace un rato dejaste un mensaje: "No tardo, espérame".

Seguro tendrás hambre. Seguro lo primero que querrás será comer. Seguro dejarás tu chaqueta de cuero color café con marrón sobre el respaldo del sillón. Y guardarás en la nevera el obsequio que me has traído: algo de chocolate, como siempre.

Seguramente abriré la puerta de la casa para salir a las escaleras y esperarte. Esperar tu llamada. Esperar tu voz.

Me encantaría ser yo la que mira cómo entras cansado, pero sonríes. Me gustaría sentir tu voz en el ambiente. Me gustaría contemplar tu presencia a la media noche.

Me gustaría tenerte para discutir sobre lo absurda que es la vida. Me gustaría mirarte y desearte "Buenas noches"... Me gustaría esperarte más allá de la bocina de este teléfono.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Realidad de película.

Corrimos con fuerza. Creo. No había cansancio, ni frío. El miedo a morir en manos de unos delincuentes fue el despavilo de aquella mañana.

Llegamos a una avenida llena de autos y pánico matutino. No sabíamos si voltear, no sabíamos si irnos. No sabíamos si era verdad. El episodio de gritos y golpes fue tan eterno y tan fugaz a la vez... ¿Qué cambió esa mañana? ¿Por qué?

Buscábamos un taxi, sólo queríamos huir. De pronto al fondo de la calle se escuchó el derrapar de unas llantas... Ensordecedor... Incierto. Volteamos casi por instinto, sin medir las consecuencias. No había nadie. No estaba en vehículo del que nos bajaron... No estaba la vida que teníamos antes de ese día.

Las lesiones emocionales eran tan graves como las físicas. Llegamos a una clínica para que atendieran las heridas de las otras... Para pedir ayuda. Para buscar refugio. En un momento todos los desconocidos éramos ya casi una familia. Viajamos juntos, sufrimos juntos, denunciamos juntos.

Muchas preguntas. Muchos temores. Nada de respuestas, nada de señales sobre la familia que fue arrebatada de nosotros. Nada sobre los rostros que la violencia tomó esa mañana. Nada sobre la realidad que sólo concebíamos en las películas.

martes, 8 de mayo de 2018

Amor en borrador

Nos escribimos en sucio. Dejamos que los errores se acumularan y nos hicieran quedar mal. Dejamos las correcciones para el final, dejamos que cada tropiezo al redactar fuera letal.

Nos escribimos con mala caligrafía. Descuidamos la forma y perdimos el fondo. Nos quisimos al azar, nos quisimos aún cuando sabíamos que nos podíamos lastimar.

Nos escribimos en una hoja suelta. Nos deshicimos de todo lo que nos mantenía unidos. Dejamos que las cosas fluyeran sin siquiera detenernos a mirar hacía dónde íbamos.

Nos escribimos como cuartilla incompleta. Cada uno en su renglón, de pronto, sin compartir ninguna intención.

Nos escribimos con tinta indeleble. Nos marcamos el corazón y los besos. Nos volvimos parte del otro cada vez más.

Nos escribimos sin ortografía. Nos atendimos entre la prisa y las ganas, entre el deseo y el miedo a ser. Nos equivocamos, y no supimos retroceder.

Nos escribimos a media tinta. Quisimos tanto y dimos tan poco. Ambicionamos más del otro, y encontramos nuestra voluntad extinta.






jueves, 26 de abril de 2018

La complejidad de la calle / La calle de la complejidad



No hay espacio suficiente para pasar. Entrando a Ciudad Universitaria, un hombre en el suelo, recargado sobre su mochila “de campamento” –por su enorme tamaño– entorpece el paso para abordar el Pumabús. Tiene los dedos lacerados y, entre las piernas, un montón de latas vacías. “Mira qué basurero”, dice algún indignado que intenta pasar por ahí, sin conseguirlo.

Lo que algunos llaman “basura” ha sido su materia prima en los últimos ocho años. Brian es un joven –aunque no lo parezca– que vive en la calle desde los 17, cuando dejó su casa "casi cuando iba a terminar la vocacional" en el CECyT No.7 del Instituto Politécnico Nacional. Desde entonces, su mochila es la relación más estable que ha tenido: lo acompaña con una cobija, artículos de aseo personal, una botella con agua, noventa pesos y su necesidad de no dejar de andar.

En un compendio publicado por Ednica, organización no gubernamental encargada de trabajar con comunidades en situación de calle, se define a los menores y jóvenes en situación de calle como “todo aquel individuo entre 0 y 29 años de edad que suele ser expulsado o que abandona su hogar (...) por las condiciones de vulnerabilidad en las que se desenvuelve”, esto es por situaciones de maltrato, violencia o abandono.

Tal es el caso de Brian, un estudiante de la vocacional que prefirió distanciarse de su núcleo familiar tras presenciar, sin remedio, episodios de violencia asociados a la llegada de la nueva pareja de su madre.

Ahora forma parte de un grupo social, como el de sus amigos de secundaria, con quienes comparte una “cultura callejera”: esa realidad compleja que describe las condiciones que llevan a los jóvenes a apropiarse de un espacio público, así como las prácticas, hábitos y discursos que comparten y que les permiten construir su propia realidad en la calle.

De cabello negro crespo y rizado, tez morena y un rostro de ímpetu deteriorado a ratos por la calle, Brian, como otros jóvenes en su situación, ha vivido un proceso prematuro de desocialización, y envejecimiento causado por las condiciones de vida en calle, tal como lo señala Alí Ruiz Coronel, doctora en antropología e investigadora de grupos de niños y jóvenes en situación de calle en el Centro de Ciencias de la Complejidad, a través del concepto “fragilidad”.

La fragilidad es el deterioro en la salud a causa del envejecimiento. En el contexto de situación de calle, significa que los jóvenes envejecen prematuramente por las condiciones en que viven. 

Brian trabaja en la calle. Ocupa lo que fueron contenedores metálicos de refresco, y algunos otros de una espumosa bebida color ámbar, para que sus manos los transformen en “adornos florales” de diferentes colores. Gracias a cortes en tiras y dobleces, da forma a flores que sobresalen de la base cilíndrica de las latas, como si fueran floreros; todo de metal, en diferentes estilos y tamaños. Aprendió a trabajar las latas gracias a su amigo “N” que conoció en la calle, "afuera de un Seven", dice.

Desde que terminó el bachillerato se ha ocupado en vender flores de metal en las calles y también en viajar por varios estados de la República. Ha sido huésped en las calles de Puebla, Querétaro, Nayarit, Oaxaca, Sonora, Guerrero, Veracruz, y Aguascalientes. El amor "a sus flores" le ha permitido viajar, comer, vivir. No obstante, su condición nómada le ha cobrado factura: constantes dolores en la espina dorsal, y una tos que a veces no lo deja ni dormir, comenta. 

También se dedica a recolectar la comida que "es un desperdicio" en las tiendas de autoservicio, y en los supermecados: "siempre tiran comida que todavía saber rico... ando afuera de los Seven también, ahí siempre dejan algo qué comer", agrega. Colecta la mayor cantidad de comida que encuentre en lo que llaman “desperdicio”, y luego la reparte con quienes "todavía no saben ganarse la vida": los niños pequeños que apenas comienzan a vivir solos en la calle.

A pesar de que algunos especialistas aseguran que las condiciones de vida en calle afectan la salud física y mental de los jóvenes, Brian aún goza de buena salud mental, pues “es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar en forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”, tal como lo señala la doctora en psicología Susana castaños Cervantes.

Brian niega haberse dedicado a robar. Aprovecha "el capitalismo propagado en las calles", y a algunas de sus creaciones les deja rastros de los nombres de las bebidas para que la gente asocie las marcas que llevaban como logo y puedan animarse más a elegir alguna de sus figuras. Y funciona, dice. El trabajo de Brian es considerado por algunos investigadores en el tema como una forma de ejercer un comportamiento autónomo a través de la satisfacción de sus necesidades.

Más de una vez han tratado de llevarlo "a los separos", dice: "siempre que uno viva en la calle, va a ser tratado como delincuente, aunque no lo sea", explica mientras enrolla en un papel cualquiera algunos gramos de mariguana que compró el día de ayer. Esto habla de otra de las características de la “cultura callejera”, donde la gente tiende a “estigmatizarlos con miedo o lástima”, generalmente, en función de su apariencia y su comportamiento.

Los jóvenes en situación de calle como Brian, muchas veces, son invisibilizados por la sociedad a pesar de formar parte de la cotidianidad en la Ciudad de México.

No hay espacio suficiente para pasar. Entrando a Ciudad Universitaria, Brian, sentado en el suelo, entorpece el paso para abordar el Pumabús.