No, Genaro, no odiamos a Sidney Sweeney


Un texto sobre las polémicas decisiones de Sweeney y por qué nos importa.


No, Genaro, las “feministas” no odiamos a Sidney Sweeney. Puede ser que estemos en desacuerdo con lo que hace, pero puedo asegurarte que no la odiamos solamente por ser bonita como dices. Sería una pérdida de tiempo, tendríamos que odiar a media industria. 


¿Por qué nos importa entonces? 

El reciente comercial de Sweeney para Novig®️ nombrado “Just Sports” ha conseguido lo que quería: tener a los hombres viéndolo y, eventualmente, usando el servicio que ofrece la casa de apuestas. Una vez dicho esto, se entiende perfecto que sean justamente los hombres quienes defienden y alaban esta pieza publicitaria. Son el público objetivo, y está bien. 

Lo que no está bien es justificar que ese grupo específico de hombres —quienes alaban el comercial— utilicen este tema para UNA MALDITA VEZ MÁS sexualizar el cuerpo de las mujeres y arrojar piedras a la lucha feminista como si pudiera reducirse a eso. 

No odiamos a Sweeney como no odiamos a ninguna rubia, hegemónica, blanca, privilegiada. No le tenemos envidia, Genaro. ¿Por qué? Porque lo más importante es la lucha por nuestra autonomía y equidad, no una pelea de egos entre nosotras. 

Utilizar a una mujer —principalmente a una joven, blanca, hegemónica y privilegiada— y sexualizarla en una pieza publicitaria se ha vuelto algo común. No es la primera vez que vemos a Sweeney mostrándose semidesnuda en anuncios publicitarios que, casualmente, legitiman sistemas de opresión hacia grupos vulnerables —ya sea por motivos de raza en la campaña de los jeans o de género como en este caso de los sports—. 

Sin embargo no es su culpa. Ella es libre de decidir en qué trabajar y cómo mostrar su cuerpo. Sería ridículo pensar que el problema está en reconocer lo guapa que es o sentir “envidia” por ello. De hecho, no he visto a ninguna mujer quejarse por ese motivo. 

Ella también es una víctima. Pues esos que “la defienden” no hacen más que reproducir los estereotipos de género contra los que luchamos: una mujer sólo es útil, agradable, exitosa y atractiva si es para el consumo masculino. Tal como en el comercial. 

No habría tenido el mismo impacto en la comunidad masculina si la mujer del comercial no fuera, de antemano, una de las mujeres más alabadas por los hombres, quienes ahora “defienden” —supuestamente— la autonomía y el derecho de Sweeney de mostrarse como ella quiera. 

Porque parece que la autonomía es selectiva. Porque parece que solamente unas cuantas podemos mostrar nuestro cuerpo sin ser llamadas “putas” o “corrientes”. Porque todo se puede privatizar.

El problema no es si ELLA lo tiene o no. Porque claro que lo tiene. El problema es que utilicen esa supuesta defensa en este caso en específico para atacar a las mujeres que han cuestionado su actuar simplemente porque a ellos les parece atractiva. Cuestionamos porque es nuestro derecho y nuestro deber. Porque la lucha feminista no es personal, es colectiva. 

Bárbara Fredrickson explica que “en una cultura donde el cuerpo femenino se observa y evalúa constantemente desde una perspectiva sexual, las mujeres pueden aprender a verse a sí mismas como objetos que deben ser atractivos para los demás”. 

Es por ello que sostengo que ella es también una víctima de este sistema de creencias que nos obliga a medir nuestro valor por cuán atractivas y consumibles somos para los hombres. No es así. 

Tu valor no está en cómo te ves, ni en cuánto muestras o no, ni en cuánto pesas ni en cuántas relaciones amorosas has tenido. 

El valor de una mujer no puede centrarse en esa falacia bajo ningún concepto. Y ahí es donde comienza la rabia, el cuestionamiento, la frustración. Porque una vez más son los hombres quienes tienen la última palabra sobre cómo es el deporte, sobre qué pensamos las mujeres y sobre lo que podemos opinar o no.

Daños colaterales 

El deporte es uno de los tantos espacios por los que las mujeres han tenido que luchar durante años. Así como la ciencia, la educación, la política o la toma de decisiones. 

Cada espacio ha tenido que ser reclamado por las miles de mujeres en la lucha. ¿No crees, Genaro, que es justo que estemos indignadas cuando todo eso parece irse a la basura? 

La pieza publicitaria reduce el impacto y el trabajo de las mujeres en el deporte a la apariencia y, de hecho, legitima la creencia de que las mujeres valen por cómo se ven y que eso es suficiente para ser consideradas exitosas o bellas o inteligentes o valiosas. 

En un mundo donde las mujeres abandonan el deporte durante su adolescencia en un 49% según la UNESCO, legitimar que la apariencia de una atleta mide o es representativa de su valor se convierte en un arma letal. 

Aún más el hecho de que incluso en la cobertura mediática los deportes femeniles ocupan menos del 20% en todos los casos. Y ni hablar de que cuando se hace mención de alguna atleta siempre se añade algún comentario sobre su aspecto físico o su vida personal. 

Las mujeres en el deporte son sexualizadas constantemente, cuestionadas por sus capacidades, obligadas a demostrar que tienen el nivel, relegadas en razón de género o violentadas explícitamente. 

NO ES SOBRE SWEENEY

Las mujeres en el deporte son sexualidades constantemente, cuestionadas por sus capacidades, denigradas por parecer “menos competentes”, obligadas a pasar más tiempo entrenando para “alcanzar el nivel”, juzgadas si es que su cuerpo cambia… No es sólo deporte.

Las mismas atletas de distintas disciplinas y en diferentes países han alzado la voz al respecto. ¿Por qué reducir años de esfuerzo, de discriminación con motivo de género, y de competencias a cómo se ven?

Ninguna disciplina ni labor puede reducirse a eso, Genaro. Y no es inocente que el énfasis en la pieza publicitaria se centre en la belleza de la modelo protagonista. 

Decir que que es “sólo deporte” (just sports) sería condenar a las mujeres a seguir siendo víctimas de los estereotipos y las violencias de género que atravesamos día con día.

La publicidad construye realidades como cualquier otro material mass-media y es importante tenerlo en cuenta y ser responsables al cuestionarnos lo que consumimos.

Cabe mencionar que no vale la pena entablar una lucha de géneros ni de egos porque no, Genaro, te juro que no odiamos a Sidney Sweeney.

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