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viernes, 22 de julio de 2016

Quiero desnudarte

Quiero desnudarte. Quiero saber qué hay bajo tus pupilas, qué escondes entre tus cabellos. Encontrarle sentido a tus pestañas, y esperarte antes de dormir.

Quiero desnudarte la garganta, saber qué sientes cuando callas, y por qué no gritas más seguido. Sentir tu risa en mi pecho, y contemplar tu respiración.

Quiero desnudarte y ser más que palabras. Quiero que hasta lo amargo te sepa bien; que escapemos de los protocolos románticos entre las personas, y nos miremos con completa dedicación.

Quiero desnudarte en los días felices, cuando sientes que no puedes más; cuando tu corazón no se detiene, y tus anhelos no parecen inalcanzables. Pero también en los días grises, en ésos que ya nadie atrapa, para que no se te vayan de las manos.

Quiero desnudarte y también quitarte la ropa. Sentir el calor entre tus dedos, y pensarte más allá de lo sentimental. Quiero desnudarte el alma, desnudarte porque sé que hay palabras que te aprietan, y momentos  de los que aún no te puedes soltar. 

miércoles, 20 de julio de 2016

Encuentro parpadeante

Tenía unos risos tan oscuros, que parecían mi suerte; un par de cristales redondos y brillantes escondidos bajo las gafas; la barba apenas notoria, y unos labios que parecían promesa. Un libro de Benedetti entre las manos, y un encanto mareador debajo de sus prominentes cejas. 

En mi cabeza sonaba "Take on me", como si estuviera finalizando la década de los 80. Estaba distraída, pensante, cuando apareció caminando lentamente frente a la ventanilla. Fue como una conexión inerte. Sin pensarlo ambos nos volteamos a ver, nos detuvimos a mirarnos.

Sin avanzar, el tiempo pasaba, y nos quedamos ahí: extraños, expectantes, parpadeantes, pero sin perder detalle. El tren sigue estático, igual que nuestras miradas.

No hay porqué pensarnos antes, ni después; sólo aquí, porque es maravilloso encontrarte con alguien. Encontrarte así, sin motivos, sin ilusiones. Sólo mirarse y disfrutar de ese rato, de ese trato de fe en volverse a encontrar. 

Encuentro parpadeante

Tenía unos risos tan oscuros, que parecían mi suerte; un par de cristales redondos y brillantes escondidos bajo las gafas; la barba apenas notoria, y unos labios que parecían promesa. Un libro de Benedetti entre las manos, y un encanto mareador debajo de sus prominentes cejas. 

En mi cabeza sonaba "Take on me", como si estuviera finalizando la década de los 80. Estaba distraída, pensante, cuando apareció caminando lentamente frente a la ventanilla. Fue como una conexión inerte. Sin pensarlo ambos nos volteamos a ver, nos detuvimos a mirarnos.

Sin avanzar, el tiempo pasaba, y nos quedamos ahí: extraños, expectantes, parpadeantes, pero sin perder detalle. El tren sigue estático, igual que nuestras miradas.

No hay porqué pensarnos antes, ni después; sólo aquí, porque es maravilloso encontrarte con alguien. Encontrarte así, sin motivos, sin ilusiones. Sólo mirarse y disfrutar de ese rato, de ese trato de fe en volverse a encontrar. 

martes, 12 de julio de 2016

Llamada en espera

¿Sigues ahí? Yo esperaría que sí. Después de todo, son casi las 3:00 y ya ni la prisa nos acompaña. Estamos solos, escuchando el respirar uno del otro.

Se siente bien estar aquí. Se siente bien que después de un par de carcajadas por fin nos quedemos quietos; que nos quedemos. Dices que mi voz te recuerda a la de alguien; también has dicho que te gusta o algo así, que no es lo más importante. Lo más importante es que me escuchas y te escucho.

Después de los 60 minutos, y a estas horas, el sueño ya nos hace interferencia; pero seguimos atentos, seguimos en espera. Es cómodo saber que no se necesita del estado físico para acompañar a alguien.

Un ruido amenaza con que ya estés durmiendo, pero sólo eres tú acomodándote el teléfono. Uno más, y casi me rindo; pero no. Suspiras, y haces algún comentario al azar... Otro suspiro: ahora sé que estás durmiendo.

Nos quedamos en espera, y después sólo yo. Era evidente que uno sería más débil, pero ninguno compitió por ello. Después de todo, estas llamadas a mitad de la noche te hacen esperar un poco menos el amanecer. 

domingo, 10 de julio de 2016

Corazón roto


Nadie nos rompe el corazón. Es uno mismo quien da el 'tiro de gracia'. Uno mismo decide con qué engañarse, a qué aferrarse, a qué ilusión pertenecer. Y más que eso, uno mismo se hace rehén de las expectativas, de lo que uno quisiera que fuera; tan siquiera alguna vez. 

Desistir, entender, abandonar, negociar; no son alternativa, cuando lo único que importa es mantener esa sensación, seguir sintiendo que algo nos alivia, que algo no nos va a dejar morir. 

Necesitamos de ese respiro. Necesitamos de la esperanza ajena que nos motive a hacer algo más, porque con la nuestra no es suficiente; porque dos corazones hacen más escándalo que uno. 

Es fácil creer en lo bonito del amor, en ese lado en que cualquiera quisiera quedarse, aunque lo niegue. Es fácil buscar excusas para reír, para gozar, para presumir que uno tiene el mejor amor, para difamar nuestra relación como "lo mejor de la vida". 

Y es que sí, eso es... Lo mejor de la vida. Lo mejor y a la vez, lo más efímero que ha existido; lo mejor y a la vez lo que más duele. Se nos olvida que el amor es creer y crear; es olvidar, y confiar; reinventar y perdonar. Se nos olvida que el amor también da golpes, que el amor tampoco es humano. 

Es, quizá, esa la razón de tal necedad, de tal afán por culpar al ajeno de "habernos roto el corazón". Pero, ¿en realidad es la otra persona la que nos obligó a creer que nunca iba a terminar, que nunca íbamos a abandonar? 

jueves, 16 de junio de 2016

Espera anónima


Ni siquiera sé por qué sigo esperando. Ni siquiera sé si a quien espero vendrá, alguna vez. Pasa que no quisiera irme, y abandonar este deseo de que esté conmigo; pero, si me quedo, igual nada me garantiza que eso suceda. Es fácil pensar que desperdicio mi tiempo, pero no quiero verlo de esa manera. 

No sé si se trata de un amor romántico como el que aparece en todos lados; no creo que así sea. Esto es un amor de esos cotidianos que todas las personas deberían atreverse a sentir. 

La espera agota cuando uno se dedica sólo a eso; es por eso que en mi espera he decidido atreverme a llamarla, a dedicarle momentos, a no hacer de esta espera un martirio, una penitencia. 

Lo complicado de esperar algo amado es amargarse en el trayecto; nadie nos obliga a hacerlo, pero aún así nos place buscar culpables... La culpa la tiene este gusto mío por su compañía, aunque intermitente, tan placentera. 

Me gusta creer que vendrá, y que también anhela mi compañía... De nuevo, pierdo el tiempo hablando de esta espera anónima, pero de verdad: no puedo irme como si nada. No puedo actuar como lo haría cualquiera. 

domingo, 5 de junio de 2016

Nudos en la garganta


¿Quién desata los nudos en la garganta? Deberían de ser considerados “héroes sin capa”; ángeles bajados de algún cielo, anclas salvadoras, y comodines a la felicidad. Algunos nudos aprietan hasta el estómago, pero otros desatan la lengua. Los motivos sobran, los escalofríos también. Hasta la mayor fortaleza se ve hundida ante esta fuerza poderosa; aunque sea por unos segundos, ese nudo es lo único que tiene poder sobre ti.

El nudo se aprieta por la incertidumbre, y ésta hiere más que las armas. La incertidumbre que se siente cuando llega una decepción aún no confirmada, pero ya percibida; ésa que te obliga a actuar desmesuradamente, que te convierte en eso que juraste nunca ser. Nada justifica las malas acciones; no, porque como sea, dañar al prójimo nunca nos hará mejores personas, nunca hará que este mundo le parezca a alguien menos miserable.

Pero entonces, llega el daño: llegan los monstruos del pensamiento, los fantasmas que generan esas dudas, esas suposiciones, esas ganas de no entender. Sin querer, sin comprender, la rabia te ata, te condena. Es el castigo divino de las emociones reprimidas, de las ganas de no ceder, de accionar la respuesta y corromper cualquier instinto que ose impedírtelo.

Poseen la ironía de desnudarte, o de atraparte en ellos. Son constantes e impertinentes; pero inevitablemente consiguen que te ocupes de ellos, y que los ocupes a ellos. Quizá desenrredarlos no sea un oficio, pero bien puede ser una habilidad, algo así como un "don"; la desesperación por hacerte fiel a sus exigencias, a sus penitencias.

De nada sirve presumir que “a ti no te ha pasado”; de nada serviría porque en el fondo quieres saber si existe alguna especie de cura. Yo tampoco lo sé; y por ello quise compartir estas letras para ti; por si al término de ellas encuentras alguna respuesta, la compartas conmigo; y si no, releamos esto en nuestras emociones, quizá eso nos ayude a sanar.